

En el andar y desandar del tecleo rápido y furtivo de la vida diaria, en camino a ganarle la batalla al sedentarismo y estirar un poco las piernas como rebeldía anti screen, me obnubila un texto. Le achaco el efecto a la falta de cafeína en una mañana caliente del Sur de la Florida, y releo esperanzada en entender aquel recordatorio a no sé quién ni por qué. Provenía del mensajero telefónico de mi hija mayor, y al observar la hora de envío, me doy cuenta de que el suceso ocurrió mientras aún yo dormía. Rezaba un fragmento de alguna entrada de este blog, el cual terminaba, obvio, con mi nombre y apellido. Le pregunto a mi hija de qué se trataba, aclarándome que había pasado la noche en vela tratando de conocerme mejor. Para ello había leído cada una de las entradas en mi blog y sentía la necesidad de proseguir, detenida solo por la ausencia de textos, a los que me ordena que escriba. Así que aquí le va:
Escribir es un proceso de disfrute y necesidad. Todo lo que necesito expresar primero debe pasar la prueba del lápiz: si se lee bien, pues lo “suelto”. También me ha resultado antiestrés, y como forma de desahogo que “no es lo mismo, pero es igual” (sí, la tarareo en mi cabeza). Lo que más he hecho en mi vida ha sido leer y escribir, incluso cuando esta se ha rehusado a permitírmelo privándome del preciado tiempo. Siempre me las he arreglado para demostrarle que sí puedo, porque soy un ente sin más ambición que la felicidad de mis hijas y la paz de mi hogar. La escritura va más allá de lo que los visitantes de mi blog ven aquí. Los que me conocen saben que agendas y notas en la aplicación de mi iPhone sobran. Solo es que ya se escribe bastante en la red como para ponerlos yo también a pasar un mal rato. Igual de vez en cuando me embebo de mi humildad y paso por aquí y les regalo algo. Así como quien no me lo ha pedido, pero igual lo suelto. ¿Me burlo, acaso? Tal vez un poco: ahora tendrán que lidiar con lo que me ha estado molestando todo el día, jaja, les daré un texto más, de esos de los que abundan, para que tengan scroll y pasen sus horas inútiles mientras me regodeo en las páginas del libro en turno en la mesita del lado de la cama en que duermo.
Mi hija vino a verme hoy, ya es una adulta de la que siempre lo digo: me siento muy orgullosa. Me ordena que por favor pase y le deje algo para leer en la noche. Pero debe ser algo que salga de mí, y no se me ocurre más que contarles el hecho. Sí, es un hecho: hoy escribo solo para ella aunque aquí estés tú terminándolo y recriminándote el no terminar eso que dejaste de hacer o entraste buscando en tu device. Pero ¿qué sería de la escritura sin el pecado del ego? Mi hija me pide que escriba y ahí voy yo, corriendo a darme el placer de la complacencia. Cuánta dicha la mía que estas palabras le acompañen en sus oscuras horas de desvelo mientras imagina una vida que sueña, emprendiendo vuelo rumbo a develarla.
Hoy, sí, hoy, mi hija vino a visitarme y hablamos de todo, como locas, como siempre, como somos: hablantinas, amorosas, enamoradas y apasionadas de la vida. Somos tan iguales y tan diferentes que reímos a carcajadas cuando nos damos cuenta.
Misly, August 11, 2026 (La mamá de Ericka y Liah)