Cambiar el tiempo de estudios y lecturas por abrazos. Libros de filosofía por cuentos de antaño, muchas veces inventados. Subir estándares para obtener resultados funcionales. Reorganizar la vida para darle sentido a la de ellas. Abrazar y sentir cómo se desplaza el miedo para convertirse en amor. Presumir otro ser antes que a uno mismo. Alimentar privándome del más grande gusto. La valentía de una economía sólida, aun cuando apostaban que no lo lograría. Enseñar a volar a sabiendas del costo del “nido vacío”. Echar raíces cuando la que quiere volar es mamá. Arriesgar mis sueños para llevar a cabo el proyecto de mi propia vida, aunque no ya tan aprisa; esto merece un plan. Aprender a esperar, sentir y entender el comportamiento de individuos que, aunque creados por mamá, no me pertenecen. Hacer feliz por placer y sentir el alma satisfecha como resultado.
La mejor inversión de mi tiempo, a pesar de todos los sueños dejados en el camino. Esos que se ponen en espera y tal vez nunca se retoman. Es una cocina aborrecida convertida en amor por el placer que produce sentarse juntos a la mesa, aunque se rían conspirando cómo deshacerse de una cucharada más. No venía en mi manual el arte de la cocción, tampoco nunca me esforcé por aprenderlo. Ver a alguien marcharse y pedirle que no lo haga, y convencerle. El desespero de un regreso que ocurre cuando menos lo espero mientras me obsesiono con la ubicación de una aplicación de un iPhone cualquiera. Vivir el dolor en los ojos de estos individuos y tomarlo personal, defenderlos con uñas y dientes, y a veces a golpes, a ideas, a odio, sin remordimiento. Es el deleite de la complacencia siempre: sus deseos. El único remordimiento de un “se me fue la mano”. Un “no corras” en un parque infantil, por un miedo frío que recorre mientras imagino una cicatriz en la quijada, la segunda. El derramar de lágrimas en cada participación de fin de curso, talleres de teatro, clases de piano, saltos de cheerleaders. El respeto a lo diferente, el moldearlo con sabiduría por la destreza de los años, con la única intención de evitar un traspié. Dormir cuatro en una cama “Queen”. Suavizan el alma los abrazos en las largas noches mientras los observo desvelada ante el pequeño espacio que logro alcanzar, en la misma cama Queen. Enemiga de todo aquel que no respete el ego de mis seres, los que arrojé al mundo, incluyendo a aquellos que ayudaron a crearlas y darles vida (por una simple cuestión biológica).
Pienso en mis muertos y me aferro a las caricias de una ancestral señora que me acariciaba en las noches y me vigilaba el respirar y los latidos de mi corazón. La misma que vigilaba mi camino con la luz apagada para que yo no la divisara en la persiana de aquel balcón del apartamento que aún extraño y que ya solo existe en mis recuerdos. Es ella la única culpable del amor que desbordo hoy como madre. La que me enseñó que, a falta de abuelas como ella, la abundancia de mi cariño, paciencia y su recuerdo me ayudarían a criar dos hijas que no me abandonan, que siempre quieren estar, que comparan mi amor con otros y siempre escogen el mío. Que no necesitan más que escucharme, o pedirme que las escuche. Dos personitas que me llenan de orgullo y de felicidad. Ellas no lo saben, siempre digo que en mi próxima vida escogeré venir como hombre. ¡Mentiras! Volveré a escoger (si me lo permiten) ser la madre que me construí, la de mis sueños, la que me inspira a abrazarlas, esa que fabricó mi abuela con sus yemas de los dedos sedosos, la misma que sigue visitándome en mis sueños, aunque no ya tan frecuente. Ya sabe que lo he logrado, pero sigue presente en unas rosas blancas y en la claridad de mi andar, siempre a mi paso y con su sabiduría como ejemplo.
Mayo 2025
Misly