Espacio al amor

Vestido onírico.

Deslumbrante a mis ojos, inmóvil, me observa, me precisa que debo mirar del lado opuesto. Siento esa fuerza que mueve por dentro e inquieta hasta que encuentro el objetivo. Ahí está, erguido elegantemente, fuerte como su textura, en pie, esperándome. Solo caminé, embebida por su belleza, la luz irradiando el camino de los vericuetos empedrados que conducian hasta él. Alzo mi brazo izquierdo y un escalofrío me recorre y paraliza al tocarlo. En ráfagas comienzo a observarme desnuda, blanquísima, rodeada de doncellas todas ensimismadas en su jornada para prepararme, asearme, vestirme, peinarme, maquillarme. Una música muy vaga de fondo, un viento bamboleaba las cortinas con amplios ventanales. A lo lejos, una vista refrescantemente verde, y la certeza de que sería un grito mi atuendo.

Lo suelto asustada, agitada. Miro a mi alrededor mientras en Lincoln Road la feria local de Vintage Clothes continúa atrayendo público. Recuerdo mi botella de agua de cristal fría, refrescante, en mi mano derecha, y me la empino. Dudo, retomo mi actitud y estiro mi brazo izquierdo pero ahora crédula, con intención, observando aquel hermoso vestido de otra época que yo necesito ponerme. Mi corazón se acelera al sentir la retumbante voz de mi familia que me grita que no me lo ponga, que el Príncipe ha muerto. Las doncellas ahora danzaban en celebración y yo solo observaba la verdura en la distancia, sin entender muy bien la danza y los gritos, solo observaba. Me pesaba el cuerpo y al observarme, aún descalza, dentro de aquel vestido, comienzo a sudar, pero en demasía. El piso debajo de mis pies se humedece, inmóvil.

«Fue hecho a la medida», me comenta la vendedora que ha estado conversando sola, aunque asegura que conmigo. «A la medida mía», se me escucha decir aunque disimulo. «Me lo llevo». El costo era irrisorio ante su majestuosidad, no supe las medidas, no me importaba. Solo recogía lo que era mío. Pagué, ridículo pagar por lo que me pertenece pero no sabría explicarle. Trató de decirme cómo lavarlo pero ya yo, percha en mano, me alejaba aunque nunca dejé de escucharla. Caminé hasta el final de la feria, ensimismada en la habitación adonde mis pies ahora resbalaban y el vestido, largo, comenzaba a humedecerse. Me costaba arrastrarlo, la textura gruesa del tejido me obligaba a ayudarme con mis dos brazos levantándolo de cada lado un poco. Mis piernas blanquísimas, relucientes, húmedas, solo avanzaban, sin rumbo, sin motivo, solo orientadas por una tierna y suave melodía lejana.

Llego a casa, lo cuelgo de una ventana frente a mi cama. Quiero observarlo, saber cómo ha llegado hasta mí, nuevamente. La añoranza se mueve helada por mis venas, cuagulada. Percibo un halo de luz a su alrededor. Cierro la ventana, no quiero confundirme con la claridad del domingo. Intento dormir pero mis ojos, firmes, miran, de lejos, cada detalle del jaspeado, hilvanando recuerdos que prometen ir muy lejos o traerme de vueltas. El brazo Izquierdo, inconsciente, agarra mi corazon, no logro controlarlo, me domina… Despierto con una notificación en mi iPhone, Expedia me recuerda unas vacaciones bookeadas a la India, que no recuerdo haber reservado; ‘!La etiqueta!’ me grito. «Made in India» reza…

Misly

Deja un comentario