
(créditos a google por brindarme una de las pocas imágenes)
Apenas recuerdo las imágenes de aquel libro de cartón duro adonde aparecían tres palabras por hoja y una figura característica de la historia. Ese fue mi primer libro, el primero en leer por mi misma gracias al hombre de mi vida, mi abuelo. Es él el culpable de mis noches de desvelo rendida ante cualquier personaje de este u otro libro. Cada domingo me llevaba a nuestra visita obligada en ‘La moderna poesía’, nombre de la que para mí fue ese recinto adonde encontraba paz interior, esa paz que solo se haya cuando algo que te gusta mucho. En aquel momento me parecía la librería más grande del mundo, y lo era, al menos de mi mundo.
Años después, esa esquina de la calle Obismo, adonde se encontraba la librería, comenzó a perder sus colores. Pleno período especial, recuerdo que, a pesar de mi corta edad pude darme cuenta que los libros que me compraba mi abuelo ya no tenían olor, ese olor que sumerge al buen lector dentro de las paginas del libro en mano. También se esfumaron los colores. Hubo de pasar un buen tiempo, convertido en años para que la librería, dejada en el olvido de una Habana que se desmoronaba y caía a pedazos, volviera a sonreír al lector.
Fue un día como otro cualquiera, pasaba por Obispo y el recuerdo de mi infancia me hizo asomarme en una vitrina que se convirtió en espejo por varios años pues solo relucía el interior vacío y deteriorado de lo que otrora fuera mi lugar preferido de paseo. Quedé sorprendida cuando en ese momento me percaté que a la librería le habían regresado los colores, la vidriera, oronda, exibia lápices, bolígrafos, libretas y cualquier otro utensilio escolar hasta ese momento extinguido, exiliado de aquel lugar sagrado para mi abuelo y para mí. De momento pestañé varias veces y miré a los lados con cara alegre, exaltada, creía que todo transeúnte debía sentir lo que en ese momento yo estaba experimentando. Todos seguían su paso sin apenas girar su cabeza hacia aquel lugar. Me apresuré a la entrada, miré hacia arriba como siempre hacía cada domingo y releía el imponente cartel: ‘La moderna poesía’, y con la misma, sin más preámbulos, entré. No tenía un peso en mi cartera pero recorrí de un lado a otro la majestuosa librería y los ojos se me llenaban de lágrimas. Ahora los libros eran más baratos incluso que cuando iba con mi abuelo cada domingo. Que inocente se es cuando una dictadura ‘administra’ todo un país a espaldas de un pueblo, incluso, la cultura.
Pues sí, la librería había recobrado vida, pero sus precios ya no eran para mi, o para mi abuelo. No eran para los transeúntes a los que trataba de atrapar con mi mirada tratando de encontrar algún signo de alegría porque los libros habían regresado a la ciudad, y con vida, con colores. Los dictadores nos había jugado otra de las suyas, solo que esta me tocó muy adentro. Ya habían libros, pero en dólares. En moneda ‘imperialista’, esa moneda que tanto nos prohibieron, inclusive llovieron encarcelaciones por la posesión de la misma. Esa moneda estaba ahora tomando las calles de mi Habana, de mi Cuba.
Con los años fue cambiando mi manera de ver la vida, me di cuenta que la moneda era una pieza más. El ‘des-gobierno’ con doble moral nos negó incluso la cultura privándonos (prohibiendonos)de autores de ciertos países, ideas o partidos políticos y nos impuso a otros. Manipulación, odio al intelecto.
Misly