Una visita a la oficina del Social Security actualmente se convierte en una experiencia interesante. Espero tranquilamente mientras leo, en mi carro, escuchando muy a tono con el libro en cuestión ‘El silencio en sus ojos’, a Miles Davis ‘Blue in Green’ (mencionado en el libro). De pronto miro en dirección a la puerta de la oficina en busca de la persona que he traído y veo como crece la fila. Al cabo de un tiempo se desvanece, y todo comienza de nuevo. Bajo la ventana por el frío que siempre me provoca el aire acondicionado del carro cuando llevo demasiado tiempo inerte, sumergida en la lectura. Comienzo a escuchar y observar aspectos de la nueva inmigración: el muchacho del pullover rojo sale del carro arreglándose la ropa al unísono con el movimiento mandibular que produce su goma de mascar, arregla su cabello engomado (deduzco por la brillantez) y saca su prenda (cadena de oro o brillante) por encima de su ropa, como complemento perfecto, provocador de la primera impresión. Se aleja sumido en una videollamada procedente de Cuba, se escuchan los gritos de ambos lados del teléfono provocados por la mala recepción. Otro hombre camina nervioso, agitado, intenta comunicar pero no le es posible. Coloca su sobre transparente encima de un carro que observo no le pertenece, enciende un cigarro de esos que parecen baratos por la poca delicadeza del diseño de la caja. Suena su teléfono, contesta con el cigarro a medio labio mientras recoge su sobre que muestra su pasaporte cubano como tesoro debelador de Ciudadania. Se queja, se queja y se vuelve a quejar de Miami y lo duro que se le está haciendo todo, incluso el seguro social que le han denegado por olvidar un papel en casa procedente del Children and Family. Le recuerda a la mujer que está aquí por ella, la interlocutora ríe despiadadamente y le dice que ni se le ocurra regresar, que ella no está para recordarle a él por qué tiene que estar acá, en Miami. Él suelta una pícara carcajada y le dice que llamará a un amigo para decirle que ya terminó a ver si puede recogerlo, pero no piensa contarle que se olvidó el otro papel para que no lo regañe como niño chiquito, cosa para la que él no está. Cuelgan. A mi lado una señora canosa que aprieta su cartera contra si, cuenta con el ceño fruncido, cómo el oficial de inmigración (ICE, CBP agentes tal vez?) en la frontera la peloteó y la maltrató pero ella lo puso en su lugar. La otra no le cree y ella cuenta en detalles que él no quería creerle su participación en el levantamiento del 11 de Julio, cosa que ella admite es mentira pero su hermana de aquí que si no va a Cuba, la instruyó perfectamente con todo lo que tenía que decir en la frontera o de lo contrario ella no la ayudaría más porque ya estaba cansada de pasar por encima de sus principios e intentar sacarla de la miseria. Le comenta un poco más bajo que fue por eso que accedió a venir, porque sabía que de lo contrario iba a pasar trabajo. Por lo demás ella estaba de maravillas en su casa con ‘de todo’ que su hermana, a través de los años le había suministrado. Se despiden no sin antes la amiga le recomienda no ir en contra de ninguna otra autoridad porque pudiera buscarse un problema mayor. Esta ríe y le increpa que aún no ha nacido quien la maltrate ni en Cuba ni aquí. Soy yo quien ríe ahora. Observo que en la fila todos visten acorde a su estado actual. Se puede diferenciar un establecido a un recién llegado. Enciendo mi carro nuevamente y subo las ventanas, necesito sumergirme en mi lectura, bloqueo totalmente lo mundano.


Tu relato abre fácil el camino para ser una lectura amena e interesante. El día a día de los migrantes en una ciudad tan acostumbra a los vaivenes de las gestiones gubernamentales. Saludos
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